Dicen que leer cuentos nos transporta a la infancia. Yo no lo creo. Creo firmemente que la infancia nunca se va. Se aferra a nuestra mirada y se queda alli, agazapada, velando por que nunca olvidemos cómo se debe mirar el mundo en verdad. Por eso los cuentos. Por eso el país de las hadas, por eso los duendes, los enanos y las princesas. Porque ellos suponen, en esencia, el país de la realidad. Mi abuela, cuando era yo bien pequeña, empezó a abrirme ese país. Ella fue quien me mostró el castillo de irás y no volverás, las naranjas manchadas de sangre, los sacos misteriosos aguardando detrás de la puerta. Ella me abrió al misterio y a la capacidad de asombro, me enseñó los secretos más bellos guardados en arcones encantados, en bosques frondosos, en pócimas preparadas por brujas sabias con el extraño poder del conocimiento.
Ella hizo crecer la imaginación y con ella, me dio la llave que abría todas las puertas. Por eso la literatura infantil, porque sin ella no tenemos los cimientos del palacio encantado de la belleza de la palabra. El niño a través de la magia de la literatura, escuchando, inventando y leyendo cuentos, se transforma en el mago él, y se acerca, cuento a cuento, sin saber, al mayor arcón encantado donde encontrará su mayor tesoro: él mismo.
Los cuentos están poblados de símbolos: el espejo, la manzana, el anillo... su naturaleza es la fantasía y su esencia el afán de saber. A través de ellos, los niños viajan sin darse cuenta a un universo superior donde el secreto más grande de los secretos les espera siempre.
Os invito a viajar con ellos, aquí:
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