EL DESPERTAR

Yo desperté.

Dormías a mi lado.

Como una caracola silbé mi amor en tu oído.

 

La tarde despertó

y abrió su rosa de luz como un abanico.

 

El lamento del mar te tenía preso.

Y yo volví a silbar mi amor en tu oído.

 

El horizonte sangraba

como si fuera un sueño cortado del cielo.

 

De pronto abriste los ojos.

Unos ojos mudos. Oceánicos. De abismo.

Tu mirada en el fondo batía, muy torpe, las alas,

desperezándose,

como una mariposa negra entre la sombra.

 

Estaba atrapada

entre la tarde y el sueño.

Yo quería sacarla.

 

Tus ojos sin mirada navegaban sin rumbo

entre aquel abanico de luz.

Su abismo verde de mar no gritaba.

Era como si tú hubieras muerto.

O como si yo hubiera muerto.

 

Yo quería sacarla.

La mariposa negra seguía batiendo

tan torpemente sus alas.

 

De pronto tuve tanto miedo

que te besé en los labios.

 

Con un desesperado arpón

te traspasé de pleno el alma.

 

La tarde se quejó a lo lejos en un mortal silencio

que abrasó mi beso con su llama.

Tú volviste.

Vi cómo tus ojos verdes me atrapaban.

Vi que resurgía el mar en ellos,

su líquida caricia sonreía para mí,

su grito eterno.

 

Una mariposa escapaba,

desde lo más profundo de ese abismo verde,

extendiendo, hermosísima, la noche,

con sus negras alas.

 

Tú me mirabas.

 

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